
Ciclovia

Domingo 9:00 am, pequeños rayos de luz se cuelan por entre mis pestañas queriendo hacer que despierte, pero la pelea con las sábanas se extiende por unos minutos más hasta que en mi mente aparece la imagen de mi bicicleta. Con gran esfuerzo salto de la cama y me digo a mi misma: ahora si que sí y me autoconvenzo de comenzar o mejor dicho retomar mi vida deportiva para así dejar atrás –por lo menos por hoy- la costumbre de acostarme a esta misma hora después de un carrete intensivo.
Qué mejor que empezar la mañana pedaleando la bicicleta para hacer más largo el ultimo día de descanso del fin de semana. Sin embargo, alguien podría preguntarse ¿es posible hacer ejercicio en Santiago? una ciudad llena de contaminación y sin lugares aptos para tal iniciativa. La respuesta tiende a ser poco clara, pero después de un largo recorrido y redescubrimiento de ciertos espacios puede que no sea tan difícil intentarlo.
Un vaso de jugo y unas tostadas me dan el último empuje para salir de la casa en busca de aquellas casi olvidadas y esquivas endorfinas. Afuera mi hermana Pamela y su perro Archy esperan impacientes. Su training es muy diferente al mío, va dos veces al día al gimnasio y sale en bicicleta más de lo “recomendado”, por eso el que Archy nos acompañe se vuelve un alivio, al obligarla a ser considerada y no ir tan rápido.
Con el andar, el viento frío de invierno entume mi cara, nariz y garganta por unos instantes, pero el movimiento del cuerpo comienza a generar poco a poco cierto calor. En eso mi mente logra abstraerse de los efectos que alteran el cuerpo y mi vista se fija en el paisaje, predominantemente verde debido a los árboles que bordean el canal San Carlos.
No es una ruta adaptada especialmente para ciclistas, sino más bien un paseo para el esparcimiento de la familia o el peatón; con todo, este cierre vegetal logra protegerme del ruido y de los alocados automovilistas que sólo a unos metros más allá compiten a toda velocidad por Avenida Tobalaba.
¡Por fin!...(pienso) y seco el sudor de mi mente al divisar la ya con todas sus letras ciclovía de la calle Pocuro, que comienza en Tobalaba y se extiende hasta Antonio Varas en la comuna de Providencia.
Con cierta dificultad cruzo la calle y me preparo para iniciar el circuito. A mi alrededor diversas personas se disponen a hacer lo mismo. Gente de todas las edades, niños, hombres, mujeres, adultos y muchos jóvenes, al parecer ya acostumbrados al rito, emprenden este viaje en bicicleta, en patines o empujados por sus propias piernas. Por mi parte me asombro un poco y, por qué no decirlo, también me avergüenzo de no haber participado de este estilo de vida mucho antes.
La pendiente inclinada (al ir hacia el centro de la ciudad) hace más fácil la ida y, por lo mismo, la búsqueda de velocidad es casi imposible de ignorar. El pedaleo se vuelve cada vez más fuerte por esa mini calle separada en dos calzadas habilitadas para el recorrido de ida (por la derecha) y de regreso (por la izquierda).
En líneas generales, los usuarios ya han aprendido las reglas básicas en cuanto a su paso por la ciclovía. Casi nadie utiliza ambas calzadas para trasladarse y se pide permiso al momento de adelantar a cualquiera. Y ahí estoy, pedaleando a toda velocidad sin rastros de mi hermana obligada a ir al ritmo de Archy.
Al final de la ruta una pequeña banca se vuelve ideal para esperar a mis dos acompañantes. Después de unos minutos hacemos el camino de regreso, mucho más pesado por cierto. El esfuerzo hace que me de cuenta de mi malogrado estado físico, pero la determinación es más fuerte y no paro hasta llegar a nuestro punto de partida.
Para mi ya estaba. La imagen de mi casa y algo donde recostarse parecía cada vez más cercana, pero el ejercicio no terminaba allí, la cima del cerro San Cristóbal era la meta. Esta vez Pamela tomó la delantera y volvimos a bajar por la ciclovía hasta la calle Pedro de Valdivia.Allí nos dimos cuenta de lo dificultoso que es viajar en bicicleta por la ciudad. A pesar de los intentos que se están haciendo en Santiago Centro, específicamente en la calle Santa Isabel, o por el interior del barrio Brasil, se hace casi imposible andar tranquilos y seguros en dos ruedas por la calle.
Cruzamos el Mapocho y ya estábamos a los pies del cerro. Luego del descanso necesario para mi y para el perro comenzamos a subir muy muy lento. La masa de ciclistas que a esa hora del día visita el parque nos pasaba rápidamente y nosotras -esta vez ambas al ritmo del perro- no podíamos ni siquiera pensar en dar la pelea. Muchas horas pasaron en mi mente antes de llegar arriba y el ver a la famosa virgen en lo alto fue casi “religioso”.
Una vez allí todo es distinto, el cansancio producto del trayecto se hace nada y lo único que te importa es disfrutar de la maravillosa vista desde la cumbre del cerro. Sin embargo, aún quedaba el camino de vuelta...